sábado, 19 de junio de 2010

El Buen Pastor

“Yo soy el buen pastor, el buen pastor su vida da por las ovejas”.
(S. Juan 10:11)



Lo que viví antes de comenzar a trabajar a tiempo completo en el ministerio pastoral, fue sombra de lo que me correspondería experimentar a partir del momento en que sentí el apremiante llamado de Dios de dedicarle hasta el último minuto de los días que me ha dado. Todas aquellas cosas son traídas por el Espíritu Santo a mi mente, quien me hace comprender lo que en su momento no fui capaz de discernir.
Recuerdo ahora un suceso que ocurrió en 1993, cuando cumplía los tres primeros meses de prisión, poco antes de ingresar a la cárcel donde fui llevado por la causa 4/94, la misma que me permitió realizar una fuerte obra de evangelismo en la mismísima antesala del infierno, y que dio origen a mi libro de testimonio Libre entre rejas. En ese tiempo estaba recluido en una granja perteneciente al régimen penitenciario de menor rigor, donde junto con mis compañeros realizaba diversas labores agropecuarias.
Entre los trabajos que nos correspondía hacer, estaba el pastoreo de ovejas, labor sencilla a simple vista. En cambio tenía como agravante el peligro de que los animales se perdieran, y los que viven en Cuba o proceden de allá conocen el alto grado de delincuencia que existe y como el ganado, cualquiera que sea, es punto de mira de los ladrones, quienes no tienen respeto de dueño alguno, aun siendo militares.
A pesar de no simpatizarle por mi fe cristiana, un día el jefe de la granja decidió enviarme como pastor. Delante de la formación de presos, temprano antes de dirigirnos hacia las ocupaciones de la jornada, me dijo: “Usted, religioso, parece persona seria, por eso va pastorear a las ovejas… pero ¡ay! si se le pierde una…” Más que un reconocimiento a mi actitud, aquello me sonó a sentencia, sin embargo pronto ideé un plan para liberarme de tal responsabilidad.
Había un mulato que tenía a su cargo otra área de la granja, con quien había entablado cierta amistad. El aceptó irse con las ovejas y dejarme a mí al cuidado de su trabajo. El pastoreo le permitiría caminar con cierta libertad por el campo y quizá eso le ayudaba a soportar la tensión de sus últimos días en prisión, pues estaba en la granja, precisamente, por su buen comportamiento durante varios años de cárcel, los cuales estaban por concluir.
En cambio, el “paseo” por el campo se convirtió en pesadilla. Al ser contadas las ovejas en la tarde, faltaban tres, y el oficial no demoró un instante para formar su aspaviento. La sentencia fue dictada sin demora: si no aparecían los animales, el pastor sería encausado y enviado a la prisión de mayor rigor. Durante tres días mi amigo se levantó antes de la salida del sol y se fue como alma errante al campo y a los montes circundantes a buscar las ovejas. Durante tres días regresó con la cabeza gacha, el rostro demudado, y una nube de derrota y dolor encegueciendo su mirada.
Por mi parte, no podía estar tranquilo durante el día ni dormir en la noche, me sentía culpable de la situación de aquel hombre y no encontraba palabra para consolarlo y animarlo. A la tercera noche, con la amenaza del jefe de la granja de que el plazo terminaría a la jornada siguiente, veía en la oscuridad de la barraca-dormitorio al otro preso mirarme con intensidad. Por mi parte yo lo observaba desde mi cama, pues también temía que fuese atentar contra mi vida en medio de su desesperación.
Entonces fue cuando sentí de parte del Espíritu Santo acercármele y preguntarle si me permitía orar por esa situación. El aceptó y de inmediato pedí al Padre que nos ayudara a encontrar las ovejas. Fue una oración breve y llena de fe en la misericordia de Dios. Luego me fui a dormir más tranquilo, y creo que el mulato también pudo conciliar el sueño.
A la madrugada siguiente de nuevo se levantó el hombre y salió a buscar las ovejas. Un poco más tarde los demás nos fuimos a nuestras respectivas labores. A media mañana lo vi acercarse a donde yo estaba. Por instinto me puse en guardia, no podía confiarme en él, no conocía cómo podría reaccionar. Sin levantar la cabeza y con su voz cavernosa, me dijo: “Religioso, tu Dios es bueno…”, y sin darme tiempo de preguntarle me dio la espalda y se marchó.
Yo salté de alegría y agradecimiento al Señor, pues aquellas breves palabras eran la noticia de que habían aparecido las ovejas. El día se me hizo demasiado largo para que llegara la hora de volver al dormitorio y averiguar cómo había sido todo. En la tarde, el amigo me contó que había encontrado a las ovejas en medio de un montecito de marabú, planta espinosa invasiva que infecta los campos de Cuba, cuyas espinas son muy duras y peligrosas. Los animalitos se habían internado entre los troncos de los arbustos y luego no podían salir porque al mínimo movimiento recibían una punzada. Por eso se quedaron tranquilas, esperando que el pastor fuera por ellas.
En mis posteriores estudios pastorales entendí a cabalidad el mensaje que el Señor quiso darme con esa experiencia. Primero, que cuando El llama a alguien al ministerio pastoral, no es conveniente declinar. Aprendí, además, que las ovejas son animalitos un poco entretenidos y muchas veces no se percatan del peligro que les asecha, por eso necesitan un pastor que las guíe y cuide. También que son muy delicadas y cualquier incidente puede dañarlas, herirlas o detener su paso, de ahí que siempre hay que estar pendientes de ellas, con la disposición de sanarlas o darles un empujoncito para que continúen andando. Y, asimismo, que cuando una no regresa al rebaño, lo adecuado es salir a buscarla lo más pronto posible, no sea que se haya metido entre espinas y no sepa cómo regresar.
De igual manera esto me hizo entender por qué Cristo compara a Su pueblo con ovejas necesitadas de un pastor. Y por qué El es el Buen Pastor, el que Su vida da por sus ovejas.

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